domingo, 9 de mayo de 2010

LA SEVILLA OCULTA A TRAVÉS DE UN ORGANISTA CIEGO

Paseamos la Ciudad de los Poetas y sus céntricos empedrados nos hablan de la Historia que está escrita, la conocida. Pero Sevilla posee una exquisitez oculta, la de los monasterios y conventos de clausura, que se hace aún más maravillosa cuando deambulamos diariamente por delante de sus altos y deteriorados muros, sin sospechar lo que hay detrás de ellos. Este rico acervo de historia, cultura y arte se torna más poderoso en el secreto, el silencio y la tranquilidad de la clausura.



Un convento, el de Santa Inés. Un poeta, Gustavo Adolfo Bécquer. Una leyenda, la de un organista ciego: Maese Pérez. Sevilla se ramifica por doquier como si caminar la ciudad fuera de por sí aprender sus orígenes.

Volcado hacia el interior, es necesario atravesar un pequeño compás para acceder al convento de la calle Doña María Coronel, justo al lado de la iglesia de San Pedro y muy cerca del Palacio de Dueñas. La iglesia está edificada en un estilo gótico-mudéjar, aunque fue objeto de remodelación durante el siglo XVII, de cuando datan decoraciones interiores con yeserías. Destacan su retablo mayor, obra de Fernando de Medinilla, y varias esculturas barrocas como el de San Blas de Juan de Mesa o la propia efigie de la titular, Santa Inés, tallada por Francisco de Ocampo.

Al tratarse de la iglesia de un convento de clausura, las monjas participan de la liturgia desde el coro, separado de la nave por una reja, desde donde respirar es trasladarse a otro lapso temporal: allí descansa el cuerpo incorrupto de su fundadora, Doña María Coronel; también descansa inmortal el órgano barroco al que alude Gustavo Adolfo Bécquer en su leyenda sobre Maese Pérez.

Se teje en Sevilla una red de conexiones que atraviesan siglos desde la calle Doña María Coronel pasando por el antiguo convento de la calle Laraña, Casa Profesa de la Compañía de Jesús, anexo a la iglesia de la Anunciación, que fuera la primera sede del Rectorado de la Universidad de Sevilla. Cada jueves en horario de tarde se abren las puertas de los sótanos de dicha Casa Profesa, donde se ubica el panteón de sevillanos ilustres. Descansa allí quién narrara en sus Leyendas los aconteceres del ciego organista de Santa Inés, Maese Pérez.

Gustavo Adolfo Bécquer pintó con palabras, en una casa grande de camino a San Lorenzo –con una inscripción en su fachada que así lo hace saber al transeúnte-, la leyenda de una deliciosa melodía sonando en el órgano solitario del coro del convento de Santa Inés, una Nochebuena de la Edad Moderna sevillana, una vez hubiera fallecido Maese Pérez. Era su fantasma quien tocaba.

Esta hilación de arte, historia, literatura y música produce una combinación perfecta, muy desconocida en la Sevilla del siglo XXI, en la que la globalización mantiene sumido a este mundo de silencios y entrega en una cortedad infantil, que no es más que respuesta y confrontación entre la manera en que se compra una magdalena salpicada de chocolate en Starbucks y el rito ancestral de pedir a través de una ventana de siglos -que no deja ver a la hermana que te atiende- pastitas de Santa Clara nevadas de azúcar.

Hay bienes patrimoniales que exigen ser buscados.

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